domingo, 14 de febrero de 2010

Sobre el Ronco Robles...


TOMADO DE LA JORNADA DEL CAMPO...

Ricardo Robles y los Rarámuris

Alfredo Zepeda González

En diciembre pasado La Jornada del Campo recogió la memoria de Efraín Hernández Xolocotzin, un hombre que miró al campo con una mirada global, convertida en acción de toda la vida. No sólo cumplió con una profesión de agrónomo y fitotecnista. Más bien sintonizó su vida con la de los campesinos que nos regalan la herencia viva de un campo que es necesario conocer y cuidar.

El 4 de enero nos dejó Ricardo Robles, le decíamos El Ronco, un jesuita cuya vida se fue entrelazando con la de los rarámuri, luego con los tzeltales, los mixes, los ódame, los wiraritari los tzotziles y con otros pueblos originarios de nuestro país, los que guardan para la humanidad el mundo todo y sus montañas, ayudando todavía al Dios a cuidarlo como una casa viva para todos. Ricardo, como el maestro Xolo, nos deja una memoria y una lección: acompañar largamente y aprender de los campesinos y los indígenas es el mejor modo de entender y mostrar que otro mundo es posible en medio del neoliberalismo salvaje.


Ricardo decía que la vida no pregunta. Nació en desierto biodiverso de San Luis Potosí. Luego entró en el mundo de la especialización occidental, de la arquitectura y del diseño, de la poesía y del humanismo. En el convento jesuita todavía le tocó formar parte de los últimos que en los años 60s hablaron el latín como una lengua viva. Parecía hecho para otros andares. Pero la vida que no pregunta lo envió a las montañas de la orilla, por los abismos de la Barranca del Cobre en Chihuahua, con los rarámuri para quienes esos parajes solemnes son el centro del mundo.

Aceptó Ricardo Robles ese giro radical de vida por el año de 1963, cuando un movimiento crítico de cambio recorría el mundo, envolviéndolo todo con aires inéditos. El Concilio Vaticano de la Iglesia se iniciaba con la consigna del papa Juan: abrir las ventanas de los conventos para que entrara el viento del espíritu que soplaba impredecible.

Es el tiempo del asalto al cuartel de Madera el 23 de septiembre de 1965, en el mismo estado de Chihuahua, dado por el grupo que conformó la Liga Comunista 23 de Septiembre. Al poco tiempo el movimiento estudiantil en Francia proclamó la llegada de la imaginación al poder, mientras otro semejante surgía en México para dejar su herencia, más allá de la represión despiadada del gobierno de Díaz Ordaz el 2 de octubre del 68. Por esos días apareció la estirpe de Sergio Méndez Arceo, Bartolomé Carrasco, Arturo Lona y Samuel Ruiz, quien acaba de celebrar 50 años como obispo de San Cristóbal de las Casas, rodeados de muchos que sintonizaron en la teología de la liberación, que postulaba la primacía de la praxis desde la opción con los pobres de este mundo, como punto de partida para la transformación de la sociedad.

Ricardo Robles fue uno de ellos. Al lado del obispo jesuita José Llaguno y de otros compañeros, cuestionaron los valores occidentales para acercarse a la cosmovisión rarámuri. Y la gente de este pueblo los convirtió, de portadores de una doctrina, en discípulos. De bienhechores, se tornaron amigos de los hombres y mujeres de la sierra Tarahumara, unidos como compañeros a su resistencia secular en defensa de la libertad y la autonomía.

En estas rupturas de pensamiento y tareas, los jesuitas de la Tarahumara se conectaban con la tradición de los jesuitas Eusebio Kino y Juan María Salvatierra, llegados de Italia para remontarse en las Californias hacia el siglo XVIII. Éstos desarrollaron tareas más laicas que clericales en perpetuo cuestionamiento del sentido de su estancia entre los pimas. Asumieron también el desafío del desconcierto, con el sentimiento indescifrable de asentarse entre dos proyectos contradictorios, el de los pueblos indígenas y el de los colonizadores. El jesuita alsaciano Jacobo Baegert, el que se fue a vivir a la frontera de los guaycuras, repetía que el cristianismo importado no tenía sentido sin más, si no se admitía otra manera distinta de ser cristiano, la de los indios de Baja California.

Ricardo Robles entendió su vida en el interior de las comunidades como un acompañamiento, en el continuo asombro ante la sabiduría indígena que no concibe al hombre frente a la naturaleza, sino como parte de ésta. Quince años en la comunidad de Pawichiki le confirmaron que la realidad se ve más clara desde las chozas y las milpas que desde los palacios. Y así fueron brotando amistades de por vida con muchos compañeros de los pueblos, con Memo Palma, con Pedro Turiséachi, con Pancho Palma, con Adelfo Regino, presentes con El Ronco para despedirlo con danza en la Catedral de Sisoguichi.

El movimiento indígena reciente comenzó a agitarse hacia 1989, en las vísperas de los 500 años de la invasión europea. Ricardo acompañó al pueblo rarámuri en esta nueva toma de conciencia que reivindicó a los pueblos indígenas como sujetos de la historia y no como objetos de colonización. Otros jesuitas confluimos allí, siguiendo los pasos de los pueblos desde otros montes y cañadas con los otomíes y los nahuas del norte de Veracruz, con los tzeltales y los choles del norte de Chiapas y con los mixes de Oaxaca.

Dicen que los pueblos indígenas nunca han planteado caminar solos, más bien siempre aceptado la alianza con otras personas y movimientos, sin perder en ella su propia estrategia. Una nueva oportunidad de acompañamiento se presentó en 1994 con la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Ricardo Robles fue invitado a participar en los Diálogos de San Andrés Sacamchén, junto con compañeros rarámuri y otros jesuitas, como lo fueron cientos de activistas, académicos e indígenas del campo y la ciudad. Fue una experiencia inédita de diálogo intercultural e interdisciplinario, cuyo fruto fueron los Acuerdos de San Andrés.

De esos diálogos y foros en Chiapas surgió un nuevo lenguaje y un nuevo pensamiento. El modo de vida de los pueblos indígenas cuestionó para siempre los conceptos de la sociedad tecnológica. La cosmovisión de los pueblos sigue aportando radicalmente, por ejemplo, al movimiento ecológico. Tal vez no se expresa en los razonamientos de la academia, sino en la fiesta, en los ritos de mil años y en las historias secretas que platican las comunidades en el atardecer de las montañas. Ellos son los maestros de la conservación y de la biodiversidad de nuestro planeta. Con ese alimento se nutrió Ricardo Robles hasta que el Dios de los rarámuri vino por él sin aviso previo, en el cenit del día y en el amanecer del año.

El legado de Ricardo Robles con los rarámuri, como el del maestro Xolo, corresponde a una época privilegiada que ellos y otros miles encarnaron. Allí sigue fluyendo esa herencia como un río subterráneo en estos tiempos pastosos y complicados. Para que cuando terminen los años de la depredación, la humanidad pueda saber cómo se vive la vida desde abajo, desde la de los hombres de maíz y de las mujeres verdaderas.

5 comentarios:

Natalia dijo...

Hola Inti, me gustaría saber si es posible que me enviaras 4 imágenes de la obra para publicar en mi tesis de la UAM, con sus respectivos créditos.
Ojalá que se pueda pues sería un elemento importante para el trabajo.
Muchas gracias y saludos a todas.
Natalia Eguiluz

Inti dijo...

fotos en camino,un abrazo.

Beatriz dijo...

Comadritas queridas. Paso a dejarles un cálido abrazo. Cuántos hermosos recuerdos aquí. Gracias Inti por compartir todo esto.

Atte. Yo.

Inti dijo...

hola Bety:
Que gusto leerte y si... estas historias azules han sido momentos muy chidos...
Gracias por todo lo que tu tambien nos has compartido Bety.
Un abrazo

francisco valencia dijo...

HOLA, FELICIDADES POR SU TRABAJO TAN BIEN HECHO YO TAMBIEN HAGO TEATRO CON LA CIA. TLATEMOANI DE XOCHIMILCO NUESTRA PAGINA ES www.retornoalmictlan.mex.tl OJALA Y ME PUEDAN DECIR DONDE SE PRESENTAN MI NOMBRE ES FRANCISCO VALENCIA Y MI CORREO ES mictlan.paco@hotmail.com GRACIAS